domingo, 1 de mayo de 2011

Identidad

No lo soporto más. Mi cabeza gira sin parar y siento la mayor parte del tiempo que voy a volverme loco. Traté de buscar consuelo en los bares pero las calles sin rumbo no me guían a ningún lugar. Cambié el auto, me mudé a un departamento nuevo, hice nuevos amigos, mi última mujer me mandó al brodo, así que decidí tomar nuevos rumbos.

Quise controlar mis impulsos, mas no pude.

Mis pensamientos me asfixian. Es volver una y mil veces a los recuerdos, esos que te oprimen el pecho y te das cuenta que no podés discernir lo bueno de lo malo…Ay si la mama me viera…!!! En qué me he convertido…no soy mas que un pelafustán.

Hoy no quiero quedarme solo. Por favor, entiendame. Termine de una vez con este dolor infinito que me acecha por las noches y yo le prometo que no volverá a suceder nunca mas.

- Qué es lo que no va a suceder nunca mas?

- Está bien…se lo voy a decir doctor, pero le juro que yo no quería hacerles daño! Está bien…se lo voy a decir…

Y ahí nomás le clavó el cuchillo al Dr Salerno y salió.

miércoles, 30 de marzo de 2011

La Receta

Nélida y Esther tomaban puntualmente el té a las cinco. Nélida y Esther jugaban a la canasta con las señoras del Royalty. Eran gemelas.

Nélida había sido la nena de papá en su infancia, había tenido excelentes notas en la escuela, se había recibido de profesora de piano y había tenido algunos novios en su juventud, pero terminó casándose con Alfredo.

No había tenido hijos y hacía cinco años que había enviudado.

Esther por su parte y en contrapartida a su hermana había sido una niña sumisa, siempre pasando desapercibida. Viviendo a la sombra de Nélida y cuidando de sus padres hasta que estos murieron.

Hasta se había quedado llorando como una estúpida en silencio cuando Alfredo se casó con su hermana. Alfredo, el único amor de su juventud.

Nélida, egoísta, despótica, perversa, se fue a vivir con Esther luego del fallecimiento de Alfredo ya que había perdido la casa debido a las deudas que tenía por el juego.

Esther acostumbrada a su vida sumisa, acogió a su hermana y hasta le dio su propio cuarto, pero poco a poco, la actitud posesiva y dominante de Nélida la hicieron ama y señora nuevamente de la casa de Esther y hasta de sus amigas.

Esther cocinaba día y noche, limpiaba, tejía, surcía por y para su hermana. A pesar de todos sus esfuerzos, la pérdida de dominio, protagonismo y autoridad de su hogar era constante y la exclusión de su grupo de amigas del Royalty era inminente.

Pronto se acercaba la cena de fin de año, que todas las señoras del club esperaban con ansias para lucirse.

Esther, por su parte, muy entusiasmada y luego de limpiar la sangre de la alfombra durante horas empezó a trozar la carne (que por cierto era muy dura).Lavó las verduras y buscó una receta deliciosa para el banquete en el libro de Doña Petrona.

La respuesta más difícil ó La incógnita

Siempre había creído que la felicidad estaba a la vuelta de la esquina. Entonces se pasaba los días doblando las calles, cruzando esquinas, buscando, esperando.

Terminaba su día, paraba a tomar café, llegaba a su casa y se sacaba los zapatos. Los pies le dolían porque las suelas estaban gastadas y húmedas, con olor a moho y ajadas.

Todos los días salía a la calle a buscar la felicidad a la vuelta de las esquinas, esperando.

Su madre siempre le dijo que las cosas nunca salen como se espera y que para qué buscar, si al fin y al cabo uno nunca logra ser feliz.

Su amiga Lucía decía que en un gran amor se encontraba la felicidad. Abril creía que la felicidad era poder realizarse en la vida con el trabajo soñado, tener una linda casa, un auto lujoso y viajar por el mundo y hacerse budista. Entre su lista también figuraba comer sano y revolcarse con hombres que no quisieran compromiso y cosas raras.

Eugenia, que no podía tener hijos y hacía 10 años que estaba casada, creía que la felicidad plena solo llegaría si pudiera tener hijos con Claudio, su marido.

Entonces Inés, que pasaba sus días pensando en qué podría ser la felicidad para ella, seguía doblando esquinas, cruzando calles y avenidas y plazas y cafés y zapatos gastados y flores marchitas y tiempo que se escurría.

Ella, a diferencia de sus amigas, había vivido siempre bajo el ala materna y pocas veces había estado con un hombre, jamás había tenido un orgasmo y solo iba de su casa (prolijamente ordenada y limpia) al trabajo.

Tantas esquinas dobló, que casi sin darse cuenta la vida se le fue escapando.

Abril solo vivía para los negocios, viajaba solo por razones laborales, se hizo varias cirugías y ya casi no se veían.

Lucía se juntó con un tipo, que lejos de ser un amor real, la golpeaba todo el tiempo y terminó en terapia intensiva.

Eugenia contrajo cáncer de útero y murió al poco tiempo sin lograr ser madre.

E Inés, pobre Inés, siguió gastando mas suelas y desperdiciando su vida en busca de la felicidad.

lunes, 27 de septiembre de 2010

La Triste Despedida de los Sincronismos

Sacó el boleto y corrió por el andén. Tiró el cigarrillo, buscó un lugar para sentarse y abrió el libro en la página marcada con el boleto capicúa.

Los demás pasajeros eran como maquinas autómatas de esta sociedad imperialista. Poco le importó todo esto, se sumergió rápidamente en la lectura y se olvidó de todo.

Retiro. Un mundo de gente y él estaba ahí, esperándola con una cerveza y un cigarro en la boca. Una amplia sonrisa se dibujaba en su rostro, se miraron y se abrazaron fuertemente como tantas otras veces…solo que ninguno de los dos sabía que quizás esa fuera la última vez que se verían. Hablaron largo rato, se divertían tanto…eran un sincronismo perfecto o eso parecían o creían. Solo que la vida o el destino a veces tiene otros planes para nosotros, pensó Elena.

Luego de unas cervezas emprendieron paso por la plaza San Martín, caminando juntos en silencio. La luna brillaba y se divisaban algunas estrellas aunque eran opacadas por las luces de Buenos Aires.

Victor traía un libro de su escritor favorito y juntos comentaron un capitulo en particular, ese que más tarde, el escritor hiciera una novela al respecto.

Jamás se prometían nada, solo un boleto capicúa, una ficha de metegol, una sortija y algunas palabras arrojadas al viento eran todo lo que necesitaban para ser felices. Pero las palabras eran fruto de los malos entendidos y los silencios a veces eran mas dolosos q sus palabras…meilleur pied.

Las horas pasaron, así que decidieron dormir juntos una vez más.

-Solo abrazame Víctor… J'ai besoin d'un câlin aujourd'hui.

-Vos no queres eso, no sabes lo que querés o quizas si, pero nunca te vas a decidir, vos siempre tan…

-Si que sé lo que quiero o quizás tengas razón y de verdad no lo sepa…es que vos son tan vos y yo soy tan yo...

-Entonces ne das la razón! Si yo nunca te pedí nada.

-Quizás ese sea el punto.

-Quizás…pero yo siempre te voy a querer y lo sabés.

-No. No lo sé. Porque yo sé que te voy a lastimar.

-Ay…no digas pavadas.

-Es que ahora no puedo, tengo muchas cosas en la cabeza que vos no entendés.

-Mirá que sos tonta…

-Comme vous le dites.

Se hizo de día y Victor se vistió rápido para ir a su trabajo. Elena lo despidió y se quedó mirando su partida. Esa fue la última vez que se vieron. Evidentemente Victor tenía razón, ella nunca iba a saber lo que quería. O lo que quería con él. Ahora ya no quedaban sincronismos las otredades se había apoderado de ella, el miedo desvalido la consumió y la ausencia dijo presente.

Pero siempre quedó el recuerdo, sus textos, palabras y dibujos que se grabaron a fuego en su mente…et qui va se passer.


Victor ahora escribe la película de su vida y Elena sigue tomando trenes para ver si tiene suerte y le toca uno capicúa.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Garúa

Los adoquines resbalaban, debido a la lluvia torrencial que se había desatado la semana pasada. Sus zapatos estaban empapados (otro par tirado a la basura) y se le hacía difícil llegar…llegar, no importaba donde. Sino a ¨algun lado¨.

Cruzó la avenida sin mirar, con una especie de hipnosis mental y las puteadas de los automovilistas.

El dolor le resultaba insoportable, los pasos cada vez mas difíciles y su recuerdo eran cuchilladas punzantes en todo su ser. Debajo de su sobretodo (mojado) estaba su ropa ( también mojada ) su dolor, su recuerdo, su tristeza.

Recordó Paris, Viena, su sonrisa, sus manos de artista y se puso a llorar. Ahora no tenía que llorar, ahora ya había perdido todo, ahora, decía su madre tenía que mirar hacia el futuro…futuro? De qué futuro me hablás si vos nunca quisiste a Horacio, mamá? Además ella no sabía ¨ese¨ detalle. Nadie entendía su pena, ni sus lágrimas, ni porqué estaba mojada ese día, a esa hora, ni porqué se había desecho de ¨eso¨ y del porqué había tomado esa decisión.

Paula se detuvo en un supermercado, compró vodka y se fue a su casa.

Ahí seguían las fotos de París, de Viena, Roma, Dublín…mas cuchilladas para su cuerpo, cuando el médico fue lo suficientemente claro con que nada de bebidas alcohólicas. Ya no. Pero ahora sí.

Luego de esa botella se vinieron otras dos, mientras Paula buscaba papel y trataba de escribir una carta que jamás llegaría a leer Horacio. Contándole de donde venia y porque había decidido hacerse un aborto.

Las letras se le entreveraban y el papel tenía manchones de lagrimas y mocos . Todos los años hermosos que habían compartido juntos, los proyectos, las promesas, los sueños y todo le era arrebatado por un capricho del destino.

Horacio había muerto en un accidente hacía un mes y un mes antes se había alegrado tanto con Paula con la maravillosa noticia de que iban a ser padres. Y ahora ella que ya no tenía sueños, ni promesas, ni proyectos había decidido sacarse a su hijo porque ya no le importaba nada, ni siquiera su vida de depresión, tristeza y ropa mojada y aborto.

Así que siguió tomando vodka, sus dolores se iban atenuando debido al mareo, las letras, las fotos eran montones de lagrimas y mocos resfregados y la hemorragia era imparable.

Trató de ir a la cama pero las puntadas eran tan fuertes que se desmayó antes de llegar. En sueños le pareció ver a Horacio y al bebé en la plaza de Saint-Cloud. Todo hubiera sido tan hermoso…

Su cuerpo tendido en el piso era un charco de sangre y olor a podrido. Había dejado de llover. Una lástima, ya se le hubieran secado los zapatos.

jueves, 19 de agosto de 2010

Perfectamente Imperfecto

Amo el otoño de tus ojos. Color caoba, color chocolate, color almendra. Contemplarlos durante días, horas, contemplarlos mientras dure mi vida. Bajar por tu nariz, recta, pequeña, perfecta. Seguir a tu boca hermosa, risueña, alocada. Entonces tu boca me atrapa, fruto de tus besos cuando nuestros labios se rozan. La lengua se aproxima sigilosa, tibia, rozando la comisura de tus labios y tus dientes. La piel se eriza cuando tus manos recorren mi cuerpo, cuando te miro, cuando te veo así, sin ropas y puedo contar cinco dibujos negros en tu piel y siete cicatrices acomodadas en tu espalda, rodilla y vientre.

Amo el blanco de tu piel desnuda, amo el rosado de tu cara, amo tu voz cuando hacemos el amor. Amo tu silencio de blancas. Amo que odies cuando hablo tanto, porque hablo en semifusas, porque ni yo me escucho, porque soy como una hoja escrita hasta los márgenes. Amo que me lo digas, para mejorarlo.

Amo que me leas, que me hagas reir, dormir a tu lado. Que seas lo primero que veo al levantarme cuando dormimos juntos. Tus ojos hinchados por la mañana, tus juegos de Principito, tus formas de pensar y ver el mundo.

Amo sentir cuando entras en mí, dulzura/ amor, deseo/ amor/ fuego/ amor/locura/ amor/ violencia/ amor/placer/ amor/ metal/ amor.

Sentirte gemir, sudar, que me tapes la boca y me sodomises a tu encanto.

Amo cada cosa, cada momento. Amo amarte.

Amo el otoño de tus ojos, otoño, cuando te conocí.

Dibujos en el agua

Emily, Patrick y yo éramos amigos de toda la vida. Emily vivía frente a mi casa, un barrio tranquilo sobre la calle Los Sauces. Patrick vivía al lado, una ligustrina perfectamente cortada separaba su casa de la mía. Cuando volvíamos de la escuela jugábamos en la vereda hasta que mamá o la mamá de los otros chicos nos llamaban y cada uno se iba a su casa a merendar.

Mi casa era baja, de estilo americano, teníamos un jardín al frente (pequeño) y terreno al fondo donde Lila, la ovejera alemán corría de un lado a otro. Mamá y la abuela dormían en el mismo cuarto que daba contiguo al mío.

Todas las tardes, traía los libros de Emily, que si bien pesaban mucho junto a los míos, cargaba orgullosamente porque sabía que parte de ser un caballero era ser atento con las chicas y como estaba loco por Emily debía hacerlo, aunque ella jamás me lo pidiera.

Lo más lindo era acompañarla hasta su casa porque como ya se había hecho costumbre al llegar allí me regalaba un dibujo. Ella dibujaba muy bien y mas de una vez nos dibujaba a Patrick y a mí en situaciones muy cómicas o haciendo muecas. Si bien Emily me gustaba mucho yo jamás se lo había hecho saber, ni siquiera a Patrick que era mi mejor amigo. A esta edad resulta bastante embarazoso decirle a alguien que nos gusta una chica por más amigo que sea.

Además él todavía era muy infantil y todavía, a veces hablaba con sus amigos imaginarios.

Como sea, nosotros siempre la pasábamos bien juntos, a veces caminábamos hasta el río arrastrando cada uno una rama, dejando dibujos impresionistas sobre la calle de tierra.

Un día al volver de la escuela vimos un enorme camión de mudanzas frente a mi casa o, mejor dicho, frente a la casa de Emily. Una propiedad muy bonita se situaba ahí, con un garage para dos autos y un hermoso jardín. Detrás del camión había un auto del que bajó una familia con un niño de nuestra edad.

La madre de Emily estaba en casa contándole a mamá y a la abuela sobre la llegada de los nuevos vecinos.

Una tarde mamá hizo una torta y quiso que Patrick y yo la lleváramos enfrente para darle la bienvenida a los nuevos. Nosotros, con cara de pocos amigos, ya que nos cortaba el juego accedimos a regañadientes y cruzamos a la acera de enfrente. Justo cuando cruzábamos vimos a Emily que venía a jugar con nosotros. Estaba hermosa con un bonito vestido celeste y una cinta blanca anudada al pelo. Patrick la invitó y fuimos los tres.

Abrió la puerta un niño con mala cara, vestía ropa cara y olía muy bien. Cuando estábamos dando la bienvenida el niño arrebató la torta de mis manos y dio un portazo en nuestras narices. Sin comprender lo que sucedía nos miramos el uno al otro y ahí reparé en la hermosa sonrisa que se dibujaba en rostro de Emily y en sus mejillas sonrosadas. Muy confundido despedí a mis amigos y me fui a casa sin decir más.

Al día siguiente, para mi asombro descubrí que Paul, así se llamaba el chico de enfrente, estaba también en mi escuela. Todo el mundo lo observaba, las chicas de mi clase se codeaban y reían tontamente, las maestras lo consentían por ser el ¨chico nuevo¨ y por venir de una escuela de nombre largo y complicado.

Si bien esto me molestaba bastante, al final del día no tenía relevancia, Emily como todos los días me regalaba un dibujo y se seguía comportando de la misma manera conmigo. Claro que esto cambió al poco tiempo. Un día que jugábamos a la pelota noté que Emily estaba sumamente distraída, le pregunté qué le pasaba y solo dijo que estaba cansada y que tenía que ayudar a su mamá. Al rato la vi conversando con el chico nuevo.

Pero todos los días yo tenía mi dibujo, que guardaba celosamente en una hermosa caja que escondía debajo de mi cama.

Con el transcurrir de los días el comportamiento de Emily se tornó bastante confuso, al menos para mí, ya que Patrick no se daba por aludido, él decía que así son las chicas y seguía jugando.

Los días estaban bastante cálidos y cada vez que podíamos íbamos los tres al río a bañarnos, a jugar o simplemente a ver los atardeceres. Los siguientes fueron mas ó menos igual, volvíamos del colegio, yo cargaba los libros de aquella hermosa chica y a cambio ganaba mi dibujo de la suerte, como decidí llamarlos. Jugábamos por la tarde, tomábamos la merienda…pero me daba cuenta de que Emily cada vez tenía más tarea por hacer o ayudar a su mamá o acompañar a su tía al médico. Al principio no me daba cuenta o, quizás no quería darme cuenta cuales eran las razones por las que Emily siempre tenía que irse, pero por alguna razón siempre aparecía ese chico cerca.

Otro día la esperé a la salida de la escuela, como todos los días, pero ella ya no estaba. Esperé impaciente y al cabo de un rato empecé a caminar solo a casa, pensando, meditando en todo este cambio en la actitud de Emily. Absorto en mis pensamientos levanté la vista y la vi, para mi asombro, a mi querida Emily en el banco del parque con un hermoso lazo y su vestido favorito (y el mío también) sonriendo como una tonta tomada de la mano de Paul. Boquiabierto y sin comprender nada de aquella situación llegué a casa más confundido que nunca y sin mi dibujo. Decidí no salir a jugar aquella tarde, Patrick vino a verme creyendo que estaba enfermo, me trajo unas revistas y se fue a su casa. Mamá me preparó un caldo, creyendo que estaba incubando un resfriado. Nadie entendía nada, porque yo, simplemente no entendía nada.

En los días que siguieron Emily se mostró mas risueña que nunca, con vestidos nuevos, peinados bonitos y diferentes y hasta un día vino con un brillo en los labios que le había pedido a su hermana. Tenía una alegre-felicidad que me provocaba una cólera incontrolable.

Por las noches yo miraba mis dibujos, mis preciados tesoros que guardaba con tanto cariño y pensé durante toda la noche en cómo hacer para recuperar a mi amiga. Sin dormir fui a la escuela, pero con una idea segura : declararle mi amor esa misma tarde. Pero al verla mi corazón se agitaba, me sudaban las manos y mi valentía se vino al piso cuando ella sacó de entre sus libros un hermoso dibujo de nosotros dos en el río y con letras grandes y de colores decía: JUNTOS SIEMPRE. Así que no le dije nada, tosí exageradamente y decidí esperar un poco más.

Cuando salimos de la escuela ya se había ido, yo tenía mi cabeza y mi corazón en las nubes pensando en esto cuando llegué a casa y la vi. Me escondí detrás del árbol y ahí estaban los dos. Ninguno de los dos se percató de mi presencia. En ese momento Emily sacó un dibujo, de entre los mismos libros que esa tarde había sacado el mío y le entregó un dibujo a Paul. Corrí a casa con una ira que rugía por mis huesos, podía sentir cómo la carótida bombeaba sangre sin cesar. Sentía los músculos de mi cara contraerse, la respiración pesada y sístole y diástole perfecto, a toda velocidad. Temblando de furia fui hasta mi cuarto y saqué la caja de debajo de mi cama.

Al salir por la puerta Emily me vio, quizás por mi cara de horror y furia me gritó algo, no recuerdo que fue. Corría hasta el río, escuchando mi propia respiración. Detrás de mi se oían sus gritos, llamándome. Ella corría y yo corría cada vez más rápido. No quería verla.

Al llegar al río tomé los dibujos y uno por uno los fui arrojando al agua con una maldad siniestra. Los rompía, los arrugaba y los arrojaba al agua. Odio, cólera y odio otra vez hacían mis movimientos enérgicos. Entonces apareció Emily, con lágrimas en los ojos, viendo como yo arrojaba mis preciados tesoros al agua. Entre llantos me abrazó, me imploró y yo seguía disfrutando su sufrimiento. Entonces se metió al río tratando de recuperar las formas, ahora amorfa, de sus dibujos y preguntándome entre sollozos porqué hacía todo aquello. Tenía el agua por la cintura y trataba de armarlos, pero el papel en el agua hacía un engrudo de odio, ira y papel desteñido.

FINAL I

Sin decir nada me acerqué, la abracé y hundí su cabeza en el agua. Ella pataleaba y tragaba agua, pataleaba y tragaba agua, cada tanto la sacaba, miraba sus ojos y la volvía a hundir y así, con sus dibujos, Emily se hundió, con sus colores desteñidos.

FINAL II

Ella siguió con lágrimas en los ojos, tratando de recuperar mis tesoros, sus dibujos y yo desde la orilla, rompiéndolos y arrojándolos. Trataba de juntar los rompecabezas que se formaban en el agua, hasta que el agua le llegó al cuello y empezó a no hacer pie, a pedirme ayuda y agitaba los brazos y yo, rompiendo y arrojando, mientras sentado desde la orilla, la veía hundirse junto a sus dibujos.